Era una tibia mañana mientras descansabas debajo de un fresco manzano en plena flor de la juventud, cuando, de repente, cae una manzana en tu cabeza. O eso hubiese pasado si no estuvieses en cuarentena y la peste negra no te hubiese sacado a patadas de Cambridge en 1665. Así que ahí estabas tú, Isaac, un joven de veintitantos años, encerrado en la granja familiar de Woolsthorpe; probablemente aburrido, pero con una mente que no sabía quedarse quieta.
Ignorante de lo que vendría después, estabas por crear una de las mayores innovaciones de la física. Entras a tu estudio a diseñar tu fórmula matemáticamente perfecta, esa que en el futuro elevaría tu nombre a una posición casi divina. Pero, mientras tanto —y como algo inevitable—, recuerdas tu niñez (algo obligatorio si estás tan traumado) y tus primeros indicios de genialidad. Piensas en esos ingeniosos artefactos que demostraban tu fascinación por la mecánica, en tus problemas en la escuela (que tal vez merecías por tu alto ego) y en tu habilidad para cautivar a las chicas mediante maquetas y juguetes de madera.
Pero también recuerdas con cierta amargura tus primeros momentos de nacido, en el gélido 4 de enero de 1643. Llegaste al mundo sin un padre que te recibiera —ya que había muerto meses antes— y con una madre que te dejó con tu abuela tan pronto encontró otro marido. Sentías la fría apatía de esa abuela (que no era del tipo que hornea galletas) y cómo, al terminar la escuela, te obligó a realizar las labores del campo. Por suerte, al ver que eras un completo incompetente en esa área, te mandaron casi de inmediato a seguir estudiando en Cambridge antes de que causaras más estragos.
Para tu desgracia, la peste azotó con toda su fuerza y te mandó de regreso a casa. Sin embargo, este encierro dio paso a tus «Años de los Milagros». Como tu mente no paraba, y no podías acostarte a ver Netflix o a perder el tiempo en TikTok, lo único que te quedaba era explorar tu propio intelecto. Fue en ese periodo de aislamiento donde diste vida a los descubrimientos de tu historia. Ideaste la ley de la gravitación universal y descubriste que la luz blanca se descompone en los colores del arcoíris al pasar por un prisma. Por si fuera poco, inventaste el cálculo diferencial e integral, dándole a las matemáticas una herramienta completamente nueva para fundar las bases de la mecánica clásica.
En fin, a lo largo de tu vida —y a pesar de lo que te diga yo, un escritor del futuro—, tus estudios de ciencia no fueron superiores a los que dedicaste al ámbito religioso, donde investigaste hasta el cansancio el supuesto código secreto de la Biblia.
La alquimia tampoco se quedó atrás: fue una de tus grandes pasiones y, paradójicamente, la que te llevó a la locura. Tus pocos cuidados con el plomo y el mercurio te provocaron alucinaciones, paranoia y una profunda depresión. Aislado del mundo, te metiste en la cama para morir el 31 de marzo de 1727 en Londres, dejando atrás una vida perfecta de innovación, experimentación y locura.





