Hoy fui a ver The Devil Wears Prada 2, y salí del cine feliz. Evidentemente no soy una crítica experta en cine, pero mientras veía la película recordé exactamente lo que había sentido cuando vi la primera por primera vez. Investigando un poco más, descubrí que no fue un sentimiento exclusivo mío, sino una experiencia compartida por muchas jóvenes de la época que también encontraron algo especial en la historia.
La primera película, estrenada en 2006, apareció en un momento donde comenzaba a tomar fuerza el discurso de la “girlboss”: la idea de la mujer ambiciosa, independiente y exitosa dentro del mundo laboral. Sin embargo, este movimiento siempre ha sido bastante controvertido. Una de las principales críticas hacia el concepto “girlboss” es que representa una forma de apropiación capitalista del feminismo. En lugar de cuestionar el sistema económico y social que genera desigualdad, muchas veces termina reproduciéndolo, vendiendo como liberación femenina la posibilidad de participar en las mismas dinámicas de explotación y competencia que ya existían. La diferencia es que ahora las mujeres también pueden aspirar a ocupar posiciones de poder, pero siguiendo exactamente las mismas reglas del juego.
Y aun así, creo que sería injusto reducir The Devil Wears Prada únicamente a eso. Aunque claramente la película romantiza ciertos aspectos de la cultura laboral tóxica y del consumismo, también hace críticas bastante interesantes sobre el éxito, la presión social y la pérdida de identidad. No quiero pintarla como una película perfecta, porque definitivamente no lo es, pero sí me interesa rescatar aquello que logró transmitirle a tantas jóvenes: esa sensación de ambición, independencia y deseo de encontrar un lugar propio en el mundo, incluso dentro de todas sus contradicciones.
Como dije antes, quiero comenzar resaltando el impacto tan grande que puede generar en niñas y jóvenes ver mujeres ocupando cargos importantes. Puede parecer algo simple, pero la representación sí influye: inspira, crea aspiraciones y hace que muchas quieran verse reflejadas en ese tipo de figuras. Y siento que eso se vuelve aún más importante en una época donde han resurgido discursos bastante preocupantes, como la romantización de la delgadez extrema o movimientos como el de las “tradwifes”, que idealizan nuevamente la sumisión femenina y el regreso obligatorio al rol doméstico.
Por eso considero importante rescatar algo del discurso que películas como The Devil Wears Prada presentaron para muchas jóvenes, la idea de que una mujer puede ser ambiciosa, inteligente, exitosa y ocupar espacios de poder. Y creo que ahí es donde vale la pena aclarar algo importante: el feminismo no obliga a las mujeres a trabajar, ni a rechazar la maternidad o la vida doméstica. El feminismo, en realidad, debería tratar sobre la libertad de elegir. La posibilidad de decidir qué tipo de vida se quiere vivir sin sentirse obligada a encajar en un único modelo de mujer.
Otro de los aspectos interesantes de The Devil Wears Prada es la crítica que hace sobre los medios de comunicación y el contenido que consumimos actualmente. Uno de los conflictos centrales de la película gira alrededor de la profundidad periodística frente a la “lecturabilidad”. A Andy le reconocen que sus textos son inteligentes e incluso brillantes, pero le señalan que no generan suficiente tráfico ni suficientes lectores. Entonces, el problema no es realmente la calidad de lo que escribe, sino qué tan consumible resulta para el público.
Y creo que esa es una pregunta muy actual: ¿cómo crear contenido profundo en una época donde todo necesita ser rápido, viral y fácil de consumir? La película utiliza el mundo de la moda y las revistas para mostrar cómo los medios han ido cambiando con la digitalización. En la primera entrega, el centro era una revista física; ahora, el conflicto está en cómo todo se traslada al entorno digital y cómo lo importante deja de ser aquello con valor o profundidad para convertirse en aquello que simplemente logra captar atención.
Y justamente ahí aparece otra de las críticas más interesantes de la película: la inteligencia artificial y el miedo a la pérdida de la esencia humana. Personalmente, siempre he pensado que la IA puede ser una herramienta muy útil si se utiliza correctamente. Adaptarse a los cambios tecnológicos es inevitable. Sin embargo, también creo que hay cosas que no deberían reemplazarse tan fácilmente: la tradición, la historia y, especialmente, el arte humano.
La película insiste mucho en esa idea de que lo humano posee algo imposible de replicar completamente: la sensibilidad, la intención, la experiencia y la emoción detrás de una creación. El arte generado por IA puede imitar estilos o producir imágenes visualmente atractivas, pero difícilmente puede reemplazar la esencia humana que existe detrás de una obra real. Y creo que ahí está una de las reflexiones más importantes de la película: sí, debemos adaptarnos a los cambios de nuestra época, pero también aprender a conservar aquello que le da identidad y humanidad a lo que hacemos.
Ahora bien, también creo que es importante cuestionar las cosas que consumimos, incluso cuando nos gustan. Y aunque disfruté mucho la película, sí hay aspectos negativos que vale la pena señalar.
Por supuesto, The Devil Wears Prada realmente no hace una crítica profunda hacia la industria del lujo, en parte porque las mismas marcas son quienes sostienen gran parte del producto. En la primera película no existía una exposición tan evidente de grandes casas de moda, mientras que en esta nueva entrega la presencia de marcas y referencias al lujo resulta mucho más obvia.
Las constantes referencias a marcas exclusivas y figuras influyentes como Donatella Versace no son necesariamente algo malo por sí mismas, pero sí generan una contradicción interesante: la película intenta presentar a los grandes inversionistas y empresarios como los “villanos” que solo buscan dinero, mientras al mismo tiempo romantiza un estilo de vida construido precisamente sobre ese mismo sistema económico. Por eso, algunas de sus críticas terminan sintiéndose bastante inocentes, porque en el fondo nunca dejan de funcionar dentro de una estructura capitalista que la propia película ayuda a vender.
Y finalmente, creo que también es importante recordar el problema detrás del discurso “girlboss”. Sí, es significativo ver mujeres ocupando espacios de poder, especialmente en industrias donde históricamente fueron excluidas. Pero también vale la pena preguntarse si realmente tiene sentido sacrificar el bienestar personal únicamente para mantener la imagen de una “mujer empoderada”.
Ahí es donde aparece una de las mayores críticas hacia la cultura “girlboss”: muchas veces termina impulsando a las mujeres a replicar exactamente los mismos comportamientos tóxicos que durante años se criticaron en ejecutivos y empresarios masculinos. El problema nunca fue simplemente quién ocupa el puesto de poder, sino las dinámicas de explotación, presión y desgaste que existen dentro de ese sistema.
Y creo que justamente ahí está el balance importante: entender que una mujer puede ser ambiciosa, exitosa y cumplir sus objetivos sin sentirse obligada a vivir constantemente bajo estándares imposibles de productividad, perfección o sacrificio personal.
En conclusión, el arte, el cine y la moda tienen una enorme influencia sobre la sociedad. Las películas no solo entretienen; también transmiten ideas, modelos de vida y formas de ver el mundo. Y precisamente por eso resulta importante analizarlas críticamente, reconocer aquello valioso que pueden aportar, pero también cuestionar los mensajes problemáticos que esconden detrás de su estética o de su discurso.






