El cuento de la criada, novela escrita por Margaret Atwood en 1985, no es simplemente una ficción distópica más; es una advertencia urgente que resuena con más fuerza en la actualidad. La historia nos sumerge en Gilead, una sociedad totalitaria y apocalíptica donde la protagonista es sometida a la esclavitud sexual y las mujeres son despojadas de su identidad, categorizadas como «esposas», «criadas», “econoesposas”, «martas» o «no mujeres». Aunque la premisa parezca extrema, la autora no inventó nada: se basó en hechos históricos reales. Desde mi perspectiva, esta obra funciona como un espejo de las deudas que la humanidad aún tiene con la libertad femenina, y considero que, de no vigilar nuestros derechos, el horror de Gilead no es un destino imposible, sino una posibilidad latente.
A continuación, presento cinco evidencias que demuestran que el control sobre el cuerpo femenino ha sido una herramienta política constante:
1. La instrumentalización del útero: En el libro, las criadas son obligadas a concebir para los comandantes. Este horror encuentra un eco directo en la dictadura militar argentina (1976-1983), donde prisioneras embarazadas eran mantenidas con vida solo hasta el parto para entregar sus hijos a familias del régimen. Asimismo, el programa Lebensborn en la Alemania nazi buscaba una «pureza racial» mediante la reproducción controlada. Personalmente, me resulta alarmante cómo el Estado puede reducir a un ser humano a una mera función biológica.
2. El terror como control social: Las ejecuciones públicas en Gilead castigan la disidencia. Históricamente, desde los juicios de brujas en Salem hasta los regímenes modernos, el espectáculo de la muerte se ha usado para paralizar mediante el miedo.
3. La deshumanización de los «no deseados»: Margaret Atwood envía a las «no mujeres» a limpiar residuos tóxicos en «las colonias». Esto recuerda inevitablemente a los gulags de la Unión Soviética, donde prisioneros morían en minas de uranio bajo condiciones infrahumanas.
4. La vigilancia del cuerpo: El parto público en la novela tiene sus raíces en la Europa de los siglos XVII y XVIII, donde los nacimientos de la realeza eran supervisados para garantizar la legitimidad del heredero, eliminando cualquier rastro de privacidad para la mujer.
5. El estado panóptico: La estructura de vigilancia total en Gilead se inspira en los regímenes de la Alemania nazi y la Rumanía de Ceaușescu, donde la sospecha constante destruía el tejido social.
Es fundamental comprender que estos no son casos aislados del pasado. En la actualidad, observamos retrocesos escalofriantes. Por ejemplo, las recientes leyes de los talibanes que permiten la violencia física contra las mujeres bajo condiciones mínimas demuestran una degradación de la dignidad humana. No obstante, no hay que mirar solo a Oriente; en Occidente, el caso de una mujer embarazada con muerte cerebral en Georgia, Estados Unidos, mantenida artificialmente como una «incubadora» contra el deseo de su familia, es una manifestación moderna de la pérdida de autonomía sobre el propio cuerpo.
En Latinoamérica, la situación es igualmente crítica. La penalización total del aborto en El Salvador ha llevado a tragedias como la de Teodora del Carmen Vásquez, condenada a 30 años tras una emergencia obstétrica. A mi juicio, es inaceptable que una emergencia médica sea tratada como un crimen. Incluso en Colombia, la realidad nos golpea con cifras desoladoras: en 2017, más de 5,800 niñas menores de 14 años fueron obligadas a ser madres producto de abusos, enfrentando procesos donde su bienestar pasó a un segundo plano.
En conclusión, El cuento de la criada no aterra por su inventiva, sino por su veracidad. Margaret Atwood tomó los fragmentos más oscuros de nuestra historia y los unió para mostrarnos lo que sucede cuando una sociedad permite el control absoluto sobre la libertad individual. Considero que recordar esta historia y observar con ojo crítico lo que ocurre hoy es nuestra única defensa para evitar que los derechos conquistados se desvanezcan. Como bien dice una frase icónica del libro que resume esta lucha por la supervivencia y la identidad:
«Nolite te bastardes carborundorum» (No dejes que los bastardos te desgasten).





