No es el origen quien ama,

ni quien siente,

ni quien pronuncia lo que quema.

Hay una voz que es desplazada,

un eco que habita esa pequeña grieta.

Cuando un corazón se fractura,

no desaparece: se desborda.

Una mitad se desgasta en silencio,

se diluye en cada palabra no dicha,

se vuelve más frágil con el paso de los instantes

y continúa pesando,

incluso cuando ya no debería.

La otra conserva un destello,

una insistencia casi irracional:

se aferra a una luz incierta,

aunque la claridad la contradiga,

aunque cada indicio la desmienta.

Permanece.

Sostiene.

Una parte aprende a habitar en la pérdida,

se acostumbra a lo irreversible,

La otra, en cambio, insiste en recomponer lo disperso,

como si lo irrepetible pudiera juntarse de nuevo,

como si cada intento no dejará marcas invisibles

que se acumulan en silencio.

Porque no hay un centro que decida,

ni una sola voz que gobierne.

Solo dos mitades en desacuerdo

arrastrando lo que queda

hacia direcciones opuestas

Bifurcación –  el punto, acto o resultado de dividir una cosa, un sentimiento, un corazón, 

o un “¿nosotros?”