Un texto sobre lo que queda cuando alguien se va, y cómo su ausencia aprende a quedarse de otra forma.

Hay ausencias que no se notan de inmediato, 

pero cambian la forma en la que te sientes.

Sigues con tu día a día, 

pero algo no es igual; 

el aire pesa distinto a tu alrededor.

Nada cambia realmente.
Esos lugares siguen ahí.
Las canciones suenan igual.
Los días pasan como siempre.

Y aun así, no encaja

Sientes que te falta una parte de tu cuerpo, 

pero no sabes cuál.

 Una sensación difícil de explicar. 

Como si lo cotidiano siguiera, 

pero tu ya no pertenecieras a él.

 A veces se nota en cosas mínimas.

Un mensaje que ya no tiene destinatario.
Un chiste que ya no hace tanta gracia.
Una canción que te apresuras a saltar.
Un lugar al que no eres capaz de volver.

Claro que puedes seguir, 

pero algo en ti entiende que no es lo mismo.

Lo peor… sabes perfectamente qué es lo que te hace falta.

No dije su nombre, pero lo pensaste, lo ó la extrañaste, ¿verdad?

Es ahí cuando entiendes que hay personas 

que no solo están en tu vida, 

sino que forman parte de cómo la vives.

Cuando ya no están, no es que todo se rompa, es que todo cambia.

Hay días en los que su silencio parece decirlo todo. 

Como si gritara constantemente que ya no está.

En los que su ausencia no es una distancia,

sino otra forma de presencia. 

Porque no se siente lejos, 

se siente en todas partes.

Como una sombra que te sigue,

 la cual no puedes abrazar.

Y hay días en los que no piensas… lloras.

Te rompe sin aviso, 

como si todo lo que guardas en silencio 

se te viniera encima de golpe.

Duele en el pecho, 

en la garganta, 

en todo el cuerpo.

Y no sabes cómo pararlo, 

porque en el fondo,

 sabes que no es solo tristeza.

Es el vacío que dejó.

Ahora entiendes que hay ausencias que, 

con el tiempo, 

dejan de doler igual.

No porque olvides.

Sino porque aprendes a vivir con ese vacío, 

a hacer espacio donde antes estaba, a acostumbrarte a su falta.

A seguir adelante… aunque el silencio lleve su nombre.