¡Oh! Plural ha sido el infortunio en la vida mía,
que entre mentiras dulces se tejía.
Desangró y enterró al verdadero yo,
mientras mi amanecer su ímpetu destruyó.

Alma y cuerpo aguardaban el paraíso imposible,
mientras yo corría hacia lo invisible,
dejando la razón en el polvoroso cajón,
cedí a la locura el mando del cascarón.

Lo que en antaño fue mi volante,

hoy es un recuerdo distante.
Ahora en el viento busco lo que antes perdí;
aprender a amar desde el albor debí.

En una torre de marfil me mantenía,
mientras las agujas imparables su paso seguían,
ignorante de las puñaladas que me precedían,
sin ver la vida que de mí huía.

Llegando Lorenzo ya al occidente,
disparó su juicio con ruido estridente;
pero la oscuridad del ocaso me absorbió sin alertar,
pues ya ausente se hallaba lo que debía encontrar.
¡Oh! ¿Por qué me haces esto a mí? pregunté.
Y con la crudeza del día y lo certero de la noche me dijo:
«Pero tú, que me vienes a reclamar, demente,
cuando tú mismo consumaste el mal que estaba latente».