Entre el rugido de cornetas y vuvuzelas, el sector conservador festejó el resultado de la contienda electoral. La fórmula del movimiento Defensores de la Patria, integrada por Abelardo de la Espriella para la Presidencia y José Manuel Restrepo para la Vicepresidencia de la República, aseguró la victoria en una apretada segunda vuelta frente al candidato de la oposición, Iván Cepeda.

Esta temporada electoral, aunque se desarrolló sin ningún contratiempo, no deja de lado el hecho de que fuera una elección con muchos aspectos a destacar y comentar. Nos dejó una gran radiografía de cómo el país se parte en dos y muestra bandos opuestos muy marcados en la extrema izquierda y la extrema derecha. Las diferencias no solo se definen en los debates políticos y en el Senado, sino también en cómo se relacionan las personas en ambientes sociales.

Muestra, así, cómo vivimos en una sociedad que en plena elección se dividía casi como las dos caras de una moneda: la diferencia de sufragios fue de menos del 1% entre ambos partidos. Esto hace que surja la gran pregunta: ¿qué es lo que realmente nos separa como país y qué espera cada ciudadano desde su propia ideología?

A esta pregunta no le corresponde una única respuesta, pues un país con una historia tan vasta como la de Colombia no se puede simplificar; pero, a mi forma de observar, una cosa es clara: la polarización no es una convicción ideológica genuina, sino el refugio de una sociedad que tiene miedo de matizar.

Podemos ver cómo las personas tienen miedo de lo que puede llegar a pasar al abandonar el confort de sus dogmas. Por un lado, la extrema derecha ha reducido la seguridad y el orden a una respuesta puramente punitiva, promoviendo la idea de que el progreso solo es posible bajo el control autoritario, mientras minimiza la desigualdad estructural con discursos patrióticos de vitrina. Por el otro, la extrema izquierda se ha atrincherado en una postura de superioridad moral e infalibilidad, recurriendo a una retórica de victimización que justifica la ineficiencia institucional, desincentiva la iniciativa privada y tilda de «enemigo del pueblo» a cualquiera que cuestione sus recetas económicas.

Ambos extremos comparten el mismo error: el maniqueísmo. Reducen la política a una lucha simplista de «buenos contra malos», donde el rival no es un contradictor con el que se pueda debatir, sino un enemigo mortal al que hay que eliminar. En ese fuego cruzado, el ciudadano promedio termina adoptando odios prestados, defendiendo dirigentes e ideas radicales solo por miedo a que gane el bando contrario.

Gobernar a un país fracturado por menos del 1% no se trata de imponer un triunfo aplastante sobre la mitad derrotada, sino de entender que la realidad nacional jamás cabrá en una sola bandera. Mientras la sociedad siga prefiriendo la comodidad del odio sectario por encima de la incomodidad del pensamiento crítico, cada elección no será un paso hacia el desarrollo, sino una simple alternancia en el poder para cambiar el color de la frustración.