¡Oh! ¡Cómo habría curado el alma humana Febo!
Fuente infinita de inspiración del filósofo,
que a la tierra trajiste tu fulgor,
pues ningún curandero remendará el alma mía
como tú lo hiciste aquel lejano día.
–
¡Oh! Asclepio no sería nadie sin tu gracia,
pues ¿de qué sirve el inerte cascarón que nos cubre,
sin una razón que cumpla su propósito
de resguardarla de la gran mentira del mañana?
–
Mil prosas podrán declamarse
y otros miles de versos cantarse,
pero ninguno llegará a la belleza
de ese cálido elixir de protección
del que tan pocos podrán amamantarse.
–
¡Oh! Pobres desdichados que en la penumbra viven,
en aquella cueva oscura donde descansa el olvido.
Pero ¿quién podría enfrentarse al caluroso mar
donde aguarda solo sufrimiento y nada más?
¿Qué sentido tiene seguir viviendo
si tan solo nos mantenemos en las sombras?
–
Pocos serán los que al pasar por fuego se parezcan al narciso,
pues allá afuera no se encuentra un paraíso:
lo que choca contra ti es la hostilidad del lo real,
Una que cobra sentido con tu parte racional
pero jamás pierde su peso esencial
–
Porque ese mismo sol que te deja ver,
con su daga brillante te puede hacer perecer.





